EL CUENTO DEL PROCURADOR

He aquí un señor procurador que parece un infeliz y que es un pecador de tomo y lomo. Papeles que le caigan en las manos y que tengan importancia son papeles que se pierden en cuento que le soplen unos duros...Mejor dicho: no se pierden, los guarda en una viga de su techo, los disimula con cal y el que los necesite que los busque...

Bueno, pues se murió el procurador y se largó al infierno de cabeza. El más desesperado de sus víctimas era un pobre caballero a quien los documentos escondidos le importaban la fortuna; tanto que, al enterarse de esta muerte, salió a pasear al campo y se puso a hablar sol y decirse:

-¡Si estuviera seguro de encontrarlos, iría al infierno a por ellos!

Y aquí tenéis que, sin que viera cómo ni por dónde se le apareció un hombrín con dos magníficas mulas. Le habló del procurador sin decirle dónde estaba, le ofreció llevarle allá, le dio una caballería y se montaron los dos, y ¡riiis!...salieron los dos como si los llevaran los demonios y fueron a parar a los infiernos...

Allí estaba el bribón de los papeles ardiendo en una caldera y dando cada grito que espantaba. En cuanto atisbó a su víctima púsose a berrear y a disculparse para que no agravara su suplicio...

-Pero, ¿y los documentos dónde están?

-Ay, están en una viga del comedor de mi casa; la tercera a contar desde la puerta...

Y en seguida un alarido:

-¡Ay, pobrecico de mí por lo que hice!

El otro ya no le oyó. Echó a correr buscando la salida y ni encontró la salida, ni la mula, ni el hombrín. Pero no se amilanó por esta inesperada pequeñez; él era buen cristiano, hizo una cruz, rezó algunas oraciones y se sentó a esperar tranquilamente.

De pronto vio un agujero que se entraba tierra arriba, y oyó una vocecita cariñosa:

-¡Eh, chacho, asómate aquí!

Se asomó, y allá muy lejos, infinitamente lejos, al final del agujero, que terminaba en el mundo, reparó que avanzaba una cabeza...

-Diantre, ¿quién es usted?

-Yo soy Santiago...

Y cierto, nada menos que Santiago, el cual le habló de este modo:

-¡Voy a tirarte un cordón, tú te coges a él, subes y sales!

-Sí señor; Dios sea bendito.

Y así fue; subió, salió y cuando quiso comer fue a cambiar unas monedas de las que había llevado en la excursión y se las rechazaron con asombro.

-¡Señor, si éstas ya no pasan!...¡Si son de hace cerca de cien años!

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